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JUSTICIA IMPARCIAL, PLURALISMO Y COMUNITARISMO

21 Avr 2012 - 16:44:42
La intención de este ensayo es entender el concepto de justicia imparcial y la relación que tiene con el pluralismo y el comunitarismo. Para ello, se distingue primero entre justicia imparcial y justicia como ventaja mutua, pues a través de la contraposición de tales conceptos se llega a una mejor comprensión de ambos. Luego se discuten las cuestiones conexas del pluralismo y el comunitarismo, pues como se verá, la justicia imparcial supone principios que a veces se contraponen a tales visiones generando muchos malentendidos. Por último, se distingue entre justicia imparcial y “estilo de vida”, para resaltar que la primera no implica una forma espécìfica de ver la vida que nos comprometa con una visión moral sustantiva.

1. Sobre la justicia imparcial.

La justicia imparcial es una noción que hace énfasis en los aspectos éticos y discursivos de las normas sociales. La forma más fácil de caracterizar a la justicia imparcial es mostrar una concepción de la justicia que le es extraña: la justicia como ventaja mutua.

En la justicia como ventaja mutua, favorita de muchos teóricos de la justicia como David Hume y John Rawls, lo que interesa es que se persigan los intereses que las personas tienen en común, de lo que se trata es de un compromiso para que todos puedan en definitiva disfrutar de los beneficios conjuntos. Hay un excedente a repartir, y la teoría de la justicia deberá mostrar que es adecuado repartir el excedente entre los actores, para que todos salgan beneficiados y al mismo tiempo compartan las tareas comunes. La repartición puede basarse en diversos criterios, que a su vez pueden ser controvertidos, pero todos los casos pueden ser subsumidos dentro del criterio general de la ventaja mutua.[16]

La principal ventaja que se deriva de un enfoque de la justicia como éste radica en sus mayores posibilidades para llegar a resultados concretos a partir de una especificación del contexto del problema. Un buen ejemplo es la teoría de la justicia de Rawls, pues la especificación adecuada de su "posición original" le permite llegar a la derivación de sus dos principios de justicia. Además su tratamiento individualista es consistente con el liberalismo moderno y sirve de puente con la teoría económica convencional.

La justicia imparcial se contrapone a tal punto de vista al postular que la justicia es ante todo una noción ética; hay un sentimiento fuertemente arraigado en la naturaleza humana, en el sentido de respetar nuestros acuerdos comunes y conservar la paz. Este sentimiento moral se separa de la ventaja mutua y está inevitablemente comprometido con una perspectiva imparcial de análisis.

Es cierto que muchas de nuestras acciones responden al interés propio, pero también hay un espacio abierto a nuestras obligaciones con la sociedad en que vivimos, el cual surge con toda su fuerza en los contextos adecuados, hay entonces que crear una situación teórica para que el sentimiento de justicia imparcial surja, sin que al mismo tiempo la especificación de tal situación nos lleve a postular grupos humanos que sean indiferentes entre sí. El filósofo intuicionista H. A. Prichard lo expresa de la siguiente manera:

En el fondo, sin embargo, lo que queremos decir por un motivo es lo que nos mueve a actuar, a veces un sentido de obligación es lo que nos mueve a actuar, y en nuestra conciencia ordinaria no deberíamos titubear en admitir que la acción que consideramos pudiera haber tenido como motivo un sentido de obligación. El deseo y el sentido de obligación son formas coordinadas o especies de motivo... Así pues en un acto de generosidad el motivo es el deseo de ayudar a otro, deseo que surge por simpatía hacia el otro; es un acto de valor y nada más.[17]

La justicia como imparcialidad toma tales sentimientos como postulados del análisis. Por ello no es extraño que se le asocie con la noción de derechos universales, en particular, con el respeto y consideración que merece cada ciudadano dentro de un grupo social determinado.

La naturaleza humana presupone tales contenidos universales; no obstante la propuesta de la justicia imparcial no puede ser reducida a tales principios universales pues entonces sería muy poco lo que podría abarcar, a pesar de que ello fuera tan importante como la condena del esclavismo, del uso de la violencia para satisfacer los intereses de determinados grupos, y la defensa del tratamiento equitativo a los diferentes grupos sociales unidos por creencias, religiones, raza, sexo, etc.

Así, para superar una perspectiva puramente formal, la justicia como imparcialidad deberá ser capaz de saltar al terreno concreto y estudiar las situaciones específicas de cada sociedad y sus grupos, así como las opiniones concretas de los individuos. Para ello se utiliza el concepto de "circunstancias de la imparcialidad".[18] El consenso relativo de un grupo de ciudadanos alrededor de una temática particular no es sinónimo de justicia, sino que se requiere calificar las circunstancias en que tal consenso se da, lo cual nos permitirá hablar de opiniones razonables. Entre los requisitos para que el consenso real se asocie a la justicia deberemos mencionar, entre otros; creación de un ambiente adecuado para la discusión y toma de decisiones sociales; garantizar que los acuerdos sean independientes de la coacción o la amenaza; comprensión esclarecida, esto es que se evalúen con la mayor seriedad posible las diversas opciones, tanto en sus medios como en sus fines, los propios intereses, así como las consecuencias previstas de cada acción; control del programa de acción por parte de los ciudadanos, para evitar que el orden o la manera en que se procede a tomar las decisiones se encuentre viciado de antemano, etc. Por ello se puede decir que hay una fuerte asociación entre justicia imparcial y democracia.

Por último, la justicia imparcial tiene que ver con el diálogo y la comunicación, y por ello está inscrita en una perspectiva hermenéutica de análisis. Hay cierto paralelismo con las ideas de Jurgüen Habermas, desde que éste sostiene su "principio de universalización" que se expresa de la siguiente manera:

...cada norma válida habrá de satisfacer la condición de que las consecuencias y efectos secundarios que se siguen de su acatamiento general para la satisfacción de los intereses de cada persona (presumiblemente) puedan resultar aceptados por todos los afectados (así como preferibles a las posibilidades alternativas de regulación).[19]

Se debe aclarar que la noción de "validez" apela a que la norma que se está proponiendo sea presumiblemente aceptable para una comunidad racional, educada, participativa e informada. En la vida real tales condiciones están lejos de cumplirse, por ello, se puede afirmar que la imparcialidad tiene más que ver con el consenso hipotético que con el consenso efectivo. Se puede suponer, por ejemplo, la existencia de un diálogo liberal, en el sentido de que las normas que se propongan se evalúan por los participantes del diálogo, los que a su vez, son buenos representantes de los diferentes grupos sociales existentes. Suponer un "pluralismo razonable" de tal tipo plantea de inmediato la principal crítica a la justicia como imparcialidad, por ello será nuestro primer punto de discusión.

Ahora bien, el principio de universalización de Habermas no es una guía clara para la acción práctica, puesto que si para validar una norma hay que esperar hasta que todos los afectados estén de acuerdo, a partir de la consulta a sus intereses propios, la práctica siempre irá en detrimento de la teoría. Será tan fácil como decir que más vale actuar que esperar a que todas las personas se pongan de acuerdo.

En la vida real, por tanto, no estaremos en una eterna discusión entre filósofos, sino en los terrenos más familiares de la decisión ciudadana o profesional. Este salto es peligroso para cualquier teoría de la justicia y es el auténtico reto para ponerla en práctica.

En el nivel más general tendremos la discusión acerca de los grandes principios de la justicia social, sobre los cuales es válido que diversos pensadores y profesionales difieran de manera fundamental, desde que parten de diferentes ideas para definir una situación de justicia (equidad, utilidad, eficiencia, etc.). En este caso la opinión ciudadana puede ser un insumo del análisis, pero no lo sustituye de ninguna manera puesto que puede estar basada en prejuicios, opinión desviada, o simplemente carecer de validez porque la gente involucrada no ha pensado de manera suficiente sobre una determinada materia. [20]

En el caso de las políticas públicas generales, el programa de acción del gobierno, o decisiones concretas de los funcionarios gubernamentales, es necesario tomar más en cuenta lo que los diferentes grupos sociales y ciudadanos piensen, no obstante, aquí de nuevo se imponen límites para impedir que opiniones sesgadas o autointeresadas den al traste con el interés colectivo. Una manera de hacerlo, por ejemplo, es la discusión a partir de comités de expertos en una determinada materia, en contacto con la participación ciudadana efectiva; no obstante, debe observarse que aquí la temática hace énfasis en procedimientos o acuerdos, siempre precarios, y no en conclusiones sustantivas, válidas para todo tiempo y lugar.

Otro asunto importante a discutir es la conexión con la democracia real, puesto que una cosa es lo que la democracia promete como sistema teórico y otra muy diferente la forma en que se practica la democracia en la vida real con sus juegos de poder entre partidos políticos, muchas veces financiados por los grupos económicos dominantes.

2. Pluralismo y liberalismo.

De acuerdo con el pluralismo de corte estrictamente liberal, se podría decir que la proliferación de grupos sociales diversos, a los cuales se apegan los individuos libres según sus intereses y sus nociones de la buena vida, permitirá que se tomen en cuenta los diversos intereses existentes en la vida pública y se alcance un equilibrio social.

No obstante, no está claro de ninguna manera cómo sucede esto en la práctica, si es que alguna vez sucede. Tal deficiencia es típica de las visiones positivistas de la vida, las que simplifican a tal grado los problemas a través de sus supuestos, que terminan por no ser aplicables a la realidad.

Aquí nos referimos al liberalismo como neoliberalismo, el resurgimiento de la mano invisible que lleva al Estado mínimo y a que los individuos, guiados por las libres fuerzas del mercado y sus intereses egoístas, puedan encontrar los ansiados equilibrios económicos y políticos. Algunos de sus representantes más conocidos son Friedrik Hayek y Milton Friedman. Nos dice Hayek, en The constitution of liberty, que los problemas humanos en general son demasiado complejos y cambiantes para ser abarcados en forma constructiva por el intelecto humano, por ello el progreso se produce a través de intentos de ensayo y error, porque la evolución social procede por la selección por imitación de las instituciones y los hábitos que tienen éxito; en definitiva lo importante es el respeto por las reglas y no la persecución de objetivos comunes. Por su parte Friedman sostenía que, al dispersar el poder, el juego de mercado impide las concentraciones de poder político; a menos que uno alcance la libertad económica las demás libertades se desvanecen.[21]

John Rawls sigue una estrategia parecida al construir su posición original y su "equilibrio reflexivo"; en definitiva los individuos se ven obligados a vaciar sus valores y concentrarse en la elección de las reglas del juego del "liberalismo político" de tal manera que lo sustantivo es secundario en la persecución de la justicia política:

... en una sociedad caracterizada por profundas divisiones entre concepciones del bien conflictivas e inconmensurables, la justicia como equidad nos permite concebir de qué forma la unidad social puede llegar a concretarse y, a la vez, ser estable.[22]

Claro que hay versiones más sofisticadas del pluralismo. En Michael Walzer tenemos el ejemplo más representativo; la existencia de una pluralidad de bienes requiere de su protección por medio de las instituciones, por ello el Estado tiene un amplio rango de actividades y deberá ser deliberadamente no neutral. Puesto que tiene que volver más sólidas y coherentes las asociaciones deseables, libera de impedimentos a los individuos que forman parte de las asociaciones valiosas, así como debilita o hace caso omiso de las agrupaciones dañinas.[23]

La cuestión aquí es cómo definir los criterios para que un Estado pueda distinguir lo que sea considerado deseable o dañino, que al mismo tiempo tenga respeto por los valores de las diversas comunidades, y aún más, respete derechos universales de los individuos. Tales límites no han sido aclarados por ninguno de los teóricos políticos.

De nuevo es difícil definir lo que significa exactamente el liberalismo, pues algunas veces es libertinaje y falta de acción del Estado, mientras en otras es liberalismo social, con un fuerte contenido del sentido del bien de una dada comunidad.

Al fin, vincular a la justicia con el pluralismo es un gran reto que tal vez esté condenado al fracaso. Sostiene Judith Shklar que los norteamericanos están orgullosos de sus asociaciones voluntarias y de la vitalidad de su gobierno local. Pero ello no es garantía de una ciudadanía realmente participativa e incluyente, la abstención electoral y el rechazo a participar en asociaciones cívicas son muestras de la apatía. Cuando los grupos tienen sus propias "esferas de justicia" lo que hacen es reflejar, más que resolver, los problemas de la injusticia:

... muchas asociaciones voluntarias son profundamente antidemocráticas en sus estructuras internas, en tanto que otras son intensamente exclusivas. La xenofobia, el racismo, la intolerancia religiosa, el esnobismo, son sólo algunas de las costumbres que vinculan entre sí a estas asociaciones voluntarias. No tenemos ninguna prueba de que si las dejamos regular libremente la justicia en su propia esfera el resultado sería el de una sociedad más justa. Todo pide, de hecho, la solución contraria.[24]

El verdadero problema radica en cómo canalizar los sentimientos de injusticia en términos más positivos, para lograr que el pluralismo se refleje en una toma de decisiones sociales más racional e incluyente.

Por su parte Charles Taylor nos habla de la diversidad de los bienes; el utilitarismo o el formalismo son incapaces de reflejar las verdaderas estructuras morales puesto que son reduccionistas:

Los bienes que reconocemos como morales, aquellos que nos imponen las exigencias más importantes, desplazando a todos los demás, son, en consecuencia, diversos. Pero el hábito de considerar lo moral como un dominio único no es gratuito ni está basado en un mero error. El dominio de los bienes extremadamente importantes tiene una especie de unidad prescriptiva. Cada uno de nosotros tiene que responder a todas estas demandas en el curso de una única vida, y esto significa que tenemos que hallar un modo de evaluar su validez relativa, o de ponerlos en un orden de prioridad. Un único orden coherente de bienes es una idea de razón en el sentido kantiano: algo que, a pesar de nuestro esfuerzo permanente, nunca logramos identificar de forma definitiva.[25]

No se puede confiar en que la sociedad por sí misma brindará los criterios de justicia en una situación determinada. Por un lado el pluralismo no se da en la realidad tal y como se postula en el mundo idílico de la teoría política liberal, por otro lado, ni siquiera teniendo garantía de las condiciones pluralistas más puras y favorables se puede tener seguridad de que ello dará origen por sí mismo a prescripciones de justicia claras y concluyentes. Lo que está faltando aquí es precisamente un sentido de razonable que califique las acciones, ello sólo puede provenir de un esquema apropiado, tal y como lo postula la justicia como imparcialidad.

Una sociedad en que participan gran cantidad de grupos diversos no garantiza la justicia, desde que los grupos tienen diversos grados de fuerza y además no hay garantía de que todos los intereses estén representados. Las fuerzas sociales diversas determinan los diferentes grados de atención que se brindan a los diversos grupos y las causas abrazadas por cada grupo pueden ser de hecho contrarias a la justicia. La tendencia general sería hacia repartir bienes públicos o estímulos por el Estado, diversos en tamaño y calidad, sin que haya ninguna instancia que pueda poner orden para acercarse a una distribución más equitativa. Si el Estado no toma los asuntos de los bienes públicos a repartir con seriedad, no podrá establecer la justicia social, sino que promoverá e institucionalizará la injusticia. Existe el riesgo latente, además, de que ante la falta de una identidad que perseguir, más bien sea el Estado quien pase a ser el concepto central de unión social, lo cual en la práctica da origen a esquemas paternalistas o autoritarios, en lugar de a democracias auténticas.

Sostiene Walzer que cuando los gobiernos del Tercer Mundo refuerzan sus burocracias para garantizar empleos a sus egresados universitarios, buscan la estabilidad política, pero con ello no contribuyen a un aumento de la igualdad. Los títulos universitarios son los criterios que utiliza el Estado en este caso para definir la esfera de las funciones. Las personas a quienes se perjudica con estas medidas son las que no tienen medios para estudiar, o las que dependen de la influencia de un funcionario para obtener un empleo. Con ello se les margina de la vida social. La única forma viable de dar una oportunidad efectiva a tales marginados es que el Estado o los ciudadanos conviertan su causa en un objetivo explícito. El Estado democrático moderno debe defender los valores de la complejidad y de la igualdad en interés de todos los ciudadanos, debe comprometerse entonces con el significado de los bienes sociales.[26]

Así, parece bien fundamentada la necesidad de intervención del Estado en múltiples aspectos de la vida económica, social y política; la moda neoliberal y globalizadora es de hecho una barrera contra tales intervenciones, al pregonar un liberalismo salvaje que excluye a una gran mayoría de la población de los beneficios del desarrollo, dejándolos a su propia cuenta. Otra limitación es la pesada carga de la deuda pública que limita los recursos disponibles para fines sociales.

Y es que, en definitiva, la ciudadanía sólo se puede ejercer de manera auténtica si se tiene la igualdad formal y jurídica, y al mismo tiempo las condiciones sociales mínimas para ejercerla, entre ellas, una remuneración adecuada que le permita a uno defenderse de los abusos y los ataques contra su dignidad. De otro modo, la igualdad formal se reduce a una broma, muy evidente para la gran mayoría de los excluidos de nuestro sistema, pero no tanto para un medio intelectual presuntuoso y escéptico.

3. Comunitarismo.

De acuerdo con la visión de Walzer la crítica comunitarista tiene dos caras, las que a su vez no pueden ser ciertas al mismo tiempo.[27]

En la primera cara el comunitarismo se toma en serio el postulado marxista del reflejo ideológico, así, el liberalismo se ha inmiscuido en nuestra vida a tal grado que ha destruido nuestras tradiciones, comunidades y autoridades. Los miembros de la sociedad liberal no comparten tradiciones políticas o religiosas; sólo pueden contar su propia historia personal, ya sea a través del Estado de naturaleza o la posición original. Así desaparecen los valores, y el ser humano se conforma con el capricho de cada día. El problema con esta primera descripción es que no nos lleva a ningún lado; si es cierta, entonces se deduce que no podemos hacer otra cosa que aceptar nuestro individualismo, pues es "un hecho de la vida real", como sostiene Rawls, y una visión liberal es la mejor para describir dicha realidad.

La otra cara del comunitarismo parece aún menos defendible frente a la crítica. Sostiene que en el fondo de nuestras sociedades en realidad somos comunidades; se trata de una visión romántica que nos recuerda nuestros antiguos pueblos o aldeas, con todas sus tradiciones, costumbres e instituciones, y nos dice que en realidad tales comunidades siguen existiendo, por tanto, imponer el liberalismo a nuestros modos de vida es repudiable y destructivo de nuestro propio yo. Esto sugiere un regreso a un pasado que ya no existe, con el cual simpatizamos porque nos recuerda pasajes agradables de nuestra historia, pero su utilidad práctica es desdeñable. Por lo demás las culturas fueron y siguen siendo tanto buenas como malas, no hay manera de defender una forma de vida con el único argumento de que es una cultura, como que si se tratara de glorificar prácticas insertas en la vida real; sin cambio no hay progreso, la justicia es dinámica, se alcanza a través del esfuerzo colectivo y no manteniendo las cosas tal y como están. Sin embargo, la posición de los comunitaristas no se debe minimizar, pues apela a sentimientos que están muy enraizados en nuestra forma de ser, por ello, hay que respetar su argumento porque eventualmente puede volverse en nuestra contra, máxime considerando que la teoría de la justicia imparcial depende de buscar el acuerdo básico de las partes en su forma de ver la vida.

A pesar de sus apreciaciones respecto al comunitarismo podemos identificar al mismo Walzer como un comunitarista, desde que identifica a la justicia con los valores compartidos de una comunidad. No obstante también esta visión del comunitarismo es extraña a nuestro marco teórico, e incluso inconsistente en sí misma, pues entonces deberíamos aplicar el atributo de justicia a prácticas tan condenables como el racismo o las inequidades de género. Podemos atribuir a Walzer el milagro de haber unido el pluralismo, el liberalismo y el comunitarismo en un sólo concepto: su justicia de las esferas.

Entre los autores que defienden posiciones comunitarias acerca de la justicia podemos mencionar a personajes tan reconocidos como Alasdair McIntyre, Michael Sandel, Charles Taylor y Joseph Raz.

Por mencionar sólo a uno de ellos veamos lo que nos dice McIntyre sobre la modernidad:

La política sistémica moderna, ya sea liberal, conservadora, socialista o extremista, debe ser lisa y llanamente rechazada desde el punto de vista de la adhesión genuina a la tradición de las virtudes, ya que la política moderna expresa en sí misma, a través de sus formas institucionales, un rechazo sistemático a dicha tradición. [28]

Pero McIntyre no da razones por las cuales uno tenga que sostener que las virtudes tradicionales son mejores que las nuevas, más bien todo apunta en el sentido contrario, lo que es más, las supuestas virtudes tradicionales no pasan de ser más que algunas ideas brillantes de filósofos y estudiosos que lograron dejar su huella en la historia, pero no tenemos razones para creer que sus sociedades hayan sido mejores que las nuestras.

La verdad es que una posición seria, que quiera tener posibilidades de cambiar nuestros modos de vida modernos por otros mejores, tiene que partir del individuo liberal y a partir de allí reconstruir la idea de las virtudes cívicas. Es válido que cada quien tenga una forma de ver la vida, pero en el terreno de la sociedad también tenemos un firme compromiso por formar acuerdos y tratar de llevarlos adelante en el Estado democrático moderno, que por definición tendrá que ser liberal.

El conflicto entre liberalismo y democracia no puede ser dejado de lado, puesto que cuando el individuo se apega a su egoísmo son menores las posibilidades de formar acuerdos colectivos, por ello la democracia siempre está en riesgo y es necesario fortalecerla por medio de nuestras instituciones.

Es obvio que todos somos lo que somos gracias a que vivimos en una cultura, pero tomar esto demasiado en serio nos lleva al error de identificar a la cultura con el individuo, lo cual no se puede hacer sin causar profunda violencia sobre éste y su derecho a tener una opinión propia. Solamente una visión demasiado simplista y engañosa de la sociedad puede sostener algo así.

Al fin, antes que criaturas culturales somos personas con derecho a pensar diferente, lo importante aquí no es nuestro origen como culturas, sino nuestro futuro como entes pensantes que pueden corregir sus rumbos, la voluntad del hombre es un supuesto del análisis y sin ella la teoría se queda trunca, pues no hay moralidad sin juicios racionales acerca de los rumbos a seguir.

Como vemos, el liberalismo ha coqueteado con el culturalismo, en su afán de convertirse en una doctrina más convincente. Pero el hecho de que la mercadotecnia y el conductismo gobiernen muchos de los movimientos de los teóricos modernos no debe cegarnos ante sus inconsistencias. El liberalismo no es una cultura y gracias a ello tiene sentido que uno se llame orgullosamente liberal, lo que es más, gracias a ello tiene sentido que reflexionemos acerca de lo que significa ser un liberal.

4. Distinción entre justicia imparcial y "estilo de vida".

Más allá de los complejos detalles de las discusiones sobre el tema que nos ocupa, lo que nos interesa es tener un punto de partida viable y coherente que nos ayude a avanzar hacia el logro de una sociedad mejor.

La justicia imparcial no es equivalente a otras teorías liberales como las que recomiendan la no intervención del Estado, la glorificación de los intereses individuales, o la primacía del mercado y la globalización. Se trata de un punto de vista diferente, en el cual las personas tienen derecho a disentir y están protegidas por los derechos individuales, pero no se glorifica el disenso, sino que más bien se trata de crear el consenso por medio del diálogo y la comprensión mutua en un proceso comunicativo. La justicia no se da por garantizada, sino que hay que crearla en el proceso social.

La crítica comunitarista acentúa dramáticamente que no se puede dar sentido a una comunidad sin alguna noción del bien integradora. La justicia imparcial contesta a la crítica diciendo que ella misma no es una noción del bien comprensiva, esto es un estilo de vida que debe regir todas nuestras acciones, sino que se le utiliza solamente en los contextos adecuados y para los fines que le corresponden.

En todo caso, se defiende aquí que las posibles nociones del bien a utilizar en una perspectiva imparcial son, por definición, relativamente factibles de defender en un proceso argumentativo, esto es, son fuertes candidatas a generar consensos en situaciones reales de la vida. La mejor forma de mostrar esto es analizar cómo funciona la justicia como imparcialidad en ciertos contextos específicos, pero por el momento nos limitamos a adelantar una explicación general de la posición de la justicia imparcial respecto a los estilos de vida.

Las reglas de justicia se pueden definir como aquellas normas que toda sociedad necesita si quiere evitar el conflicto. Tales reglas asignan derechos y obligaciones a los individuos, de tal manera que en cada situación sea claro lo que cada persona puede exigir o está obligada a hacer.

Es un serio error confundir a la justicia imparcial con nociones mucho más comprometidas respecto a la forma de ver la vida, como podría ser el utilitarismo, o alguna religión como el cristianismo o el judaísmo. Lo que distingue a la justicia imparcial es que no nos da un programa detallado de cómo vivir la vida, no contiene los teoremas de todo un sistema moral. La pregunta a la cual trata de enfrentarse la justicia como imparcialidad es más bien: ¿Cómo hemos de vivir juntos, dado que tenemos diferentes ideas acerca de cómo vivir?[29]

En general no tendría que surgir un problema grave para la justicia como imparcialidad si los ciudadanos difieren respecto a la forma de llevar a cabo sus objetivos de vida, siempre que no se trate de criterios que pongan en riesgo la convivencia. Por ejemplo, no interesa si tú crees que es tu deber ir a misa los domingos, mientras que yo sostengo que es mejor hacer ejercicio, realmente esto no crea un conflicto moral entre nosotros. Incluso en el caso de un conflicto declarado, en el cual alguien cree que es mi deber contraer matrimonio, mientras yo pienso que ello es indebido, no tendría que haber problema siempre que las leyes y la moralidad de nuestra sociedad estén de acuerdo en permitir los dos comportamientos (por considerarlos razonables). Éste es el vocabulario que usamos cuando decimos que alguien tiene el derecho moral de hacer algo, y la justicia como imparcialidad es la teoría que pretende dar fundamento a este tipo de vocabulario.

Esto significa que la justicia como imparcialidad no da origen a un proyecto específico de la vida y, por tanto, deja un margen de maniobra considerable para que cada quien viva su vida como quiera. En efecto de eso se trata, pero al mismo tiempo, impone los límites morales alrededor de los cuales los comportamientos son permisibles; ello lo logra a través de la noción de razonabilidad, se trata de que tu propuesta pueda ser defendida de manera imparcial, esto es, que pueda ser razonablemente defendida en un diálogo abierto con los demás ciudadanos. Si tu grupo social propone, por ejemplo, que tienes derecho a recibir el doble de servicios públicos que los demás grupos, tendrás la obligación de mostrar que la propuesta no puede ser razonablemente rechazada por los demás grupos, de otro modo, se le considerará injusta.

No es necesario insistir demasiado en la noción de razonable, pues dicho término se está utilizando en su sentido habitual. Lo que no se acepta en el enfoque es que alguien argumente que considera razonable cortarle la mano a un prójimo porque se robó una manzana, o que considera razonable que se tome una decisión sin haber discutido suficientemente una cuestión y estar relativamente bien informado sobre ella. Lo que se quiera decir con "suficientemente" o "relativamente bien informado" puede ser motivo de discusión, pero la imparcialidad exige que mi definición no se aleje demasiado de una opinión más o menos normal, esto es, que sea defendible ante los demás.

Lo que restaría por aclarar sería el potencial práctico de nuestra teoría, al respecto señalamos los tres niveles generales en que una teoría de la justicia puede intervenir y el papel que se le puede asignar a la justicia como imparcialidad en cada uno de ellos.

El primer nivel es el que podemos llamar, siguiendo a Sartori, el "consenso básico o constitucional", que nos señala los aspectos que una sociedad comparte, esto es, los elementos culturales y políticos básicos. Aunque no es indispensable para la justicia que una sociedad tenga muchos elementos básicos comunes, sí es una condición que la favorece, pues en caso contrario nos encontraríamos con un sistema político que funciona de manera frágil y precaria.[30]

En este nivel la justicia como imparcialidad interviene apoyando las normas que permiten la convivencia pacífica, sin violar los derechos de los demás a tener su propia concepción del bien. Entre los ejemplos que podemos dar están; libertad de expresión y asociación, libertad política, libertad de culto religioso, libertad de preferencia sexual, derechos sociales fundamentales, e igualdad política básica.

El segundo nivel también requiere consensos. Se le denota por "procedimental"; es aquél nivel en donde se establecen las llamadas reglas del juego de un sistema político, la mayoría de las cuales aparecen en las constituciones, o en las leyes o reglamentos institucionales a que ella da cabida. Por ejemplo, en las democracias generalmente se da gran importancia a la regla de mayoría para resolver conflictos y tal mayoría dependerá de los funcionarios o ciudadanos a los que se permite participar en una decisión de acuerdo con las leyes.

La justicia como imparcialidad interviene aquí mostrando que algunas reglas y procedimientos son más adecuadas que otras para permitir alcanzar acuerdos razonables, esto es, promueve la necesidad de adecuarlas a las circunstancias de la imparcialidad tal y como ya las definimos, y que se pueden resumir en la creación de un ambiente participativo e informado como garantía de que las reglas o procedimientos no den origen a resultados sustantivos que puedan ser razonablemente objetados por los participantes.

El tercer nivel es el de la acción política y las decisiones concretas de gobierno: el campo de las políticas públicas en general. Es en este nivel en donde se valoriza más el disenso que el consenso, pues aquí la justicia exige el gobierno mediante la discusión de opciones y el respeto efectivo a la opinión de cada quien. Por ello las democracias no se fundan en el elogio al conflicto, sino en el principio de que cualquier cosa que pretenda presentarse como legítima o verdadera debe defenderse frente a la crítica y revitalizarse mediante ella.[31]

En este tercer nivel la justicia como imparcialidad no siempre nos podrá brindar respuestas satisfactorias, por ejemplo, es poco lo que nos puede decir con respecto a si se construye o no una carretera, o cualquier obra de infraestructura social. Pero sí nos puede decir mucho sobre la justicia de los procedimientos que se están utilizando para llevar a cabo tales decisiones; apoyando un referéndum, estableciendo la necesidad de formar una comisión experta para determinar la mejor política a seguir, o recomendando un margen de autonomía adecuado del nivel de gobierno local frente al federal.

En suma, la justicia como imparcialidad cuestiona las diferentes concepciones del bien que existen en una sociedad pluralista sólo en la medida que generan demandas conflictivas irresolubles a la luz del entendimiento moral y político mutuo que se deben los ciudadanos entre sí. Por lo demás, en una ambiente de respeto mutuo, y cumplimiento de nuestras obligaciones cívicas, la justicia como imparcialidad no requiere que sigamos un estilo de vida determinado, por consiguiente, no es una concepción comprensiva del bien. Al mismo tiempo y sin entrar por ello en contradicción, la justicia como imparcialidad promueve las virtudes que se consideran básicas dentro de una comunidad liberal moderna; incluyendo los derechos individuales, los derechos sociales y la autonomía personal en la definición del propio destino. Cierto que tales contenidos tienen un fuerte componente cultural e histórico, pero sólo se consideran legítimos en la medida que se adecúan a la noción de razonable, porque han sido descubiertos por la razón humana, no porque sean validados por nuestro simple gusto personal.

Estamos proponiendo, en suma, una posición escéptica sobre el mundo de los valores, en el sentido de que no aceptamos un dogmatismo ideológico que nos llevaría a sostener que hay una única verdad sobre la buena vida en sociedad. Tal elección no es gratuita, pues el hecho de que muchos sostengan tener la auténtica verdad los coloca en la difícil posición de explicar sus diferencias mutuas de manera consistente, en tal sentido, ser escéptico es lo más razonable.
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