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Justicia social, deliberación y reglas del discurso práctico (3/4)

17 Agos 2012 - 06:03:35

5. La igualdad originaria y las libertades.

 

El objetivo de este apartado es relacionar los principios fundamentales de la justicia imparcial con la igualdad básica de recursos que pretende garantizar que cada quien tenga acceso a un nivel adecuado de oportunidades para desarrollar una vida digna. Además, se muestra que el enfoque de la igualdad de recursos, entendido de la manera adecuada, es coherente con las libertades básicas de los ciudadanos. Se incorpora al análisis el esquema de la subasta de Ronald Dworkin, considerado como la mejor explicación de la igualdad originaria. Dicha subasta se utiliza como un ejemplo adecuado y representativo de cómo se debería organizar una sociedad que pretenda respetar la diversidad y el pluralismo razonable.

 

Como sucede habitualmente en este tipo de análisis, la argumentación parte del enfoque de Dworkin pero sólo en términos generales, puesto que se hace una interpretación propia de sus elementos con el fin de mostrar que existe coherencia, continuidad y capacidad de integración entre la teoría de la justicia imparcial y la igualdad originaria de recursos.

 

5.1. Una representación de la igualdad originaria.

 

El esquema que utilizaremos corresponde con la idea original de la igualdad de recursos de Ronald Dworkin.[1] No obstante, es importante aclarar que, para los fines de este documento y su claridad expositiva, se utiliza una interpretación propia del autor que no corresponde a plenitud con el esquema original.

 

5.1.1 El esquema de la subasta.

 

Supongamos que la sociedad comienza con recursos abundantes y perfectamente divisibles.

 

Los recursos son diferenciados, así que sirven a diferentes propósitos. Por ejemplo, la tierra sirve para la agricultura o para construir sobre ella, mientras que el trabajo sirve para producir diferentes cosas según las habilidades que cada quien vaya adquiriendo. La tierra, como todos los recursos, puede utilizarse en lotes pequeños o grandes según convenga a los intereses de sus dueños. Los recursos son abundantes pero finitos, lo que quiere decir que se sujetan a las leyes económicas, según su grado de escasez relativa.

 

Los individuos, miembros de la sociedad, tienen sus recursos y atributos especiales propios, que les proporcionarán un mayor o menor éxito en la persecución de sus fines. Entre ellos están su habilidad para aprender, sus características físicas como la altura y la raza, así como su personalidad, incluidas sus emociones, su disposición para arriesgarse, su ambición, sus deseos de trabajar y su carácter.

 

Además, los individuos tienen diferentes visiones del bien y de la buena vida, esto es, diferentes formas de ver el mundo y de cómo adaptarse a él. Se supone que todos buscan alcanzar sus fines en la vida, de acuerdo a dichas filosofías y culturas. Para ello, pueden agruparse en la forma que mejor les convenga y consideren pertinente. Con esto se configura, al nivel de la sociedad, un pluralismo razonable. Solamente quedarían  excluidas aquellas filosofías de la vida extremistas, que pretendieran imponerse por medio de la violencia, o irrespetando los principios liberales básicos.

 

Estos supuestos conforman lo que llamaremos nuestra posición original. El problema se plantea en términos de cómo repartir los recursos escasos entre los individuos de una forma justa para que todos estén en posibilidad de alcanzar los objetivos de su vida: ¿cómo alcanzar esta igualdad original básica?

 

Para ello, supongamos una subasta hipotética. En ella todos concurrirían por los recursos escasos en igualdad de condiciones, en el sentido de que les proporcionaremos una cantidad estrictamente igual de una mercancía llamada dinero, con la cual podrán hacer ofertas por los recursos, hasta que todos los mercados de oferta y demanda por cada recurso se encuentren en equilibrio. El sistema de precios se ajustará para permitir que las ofertas y demandas queden igualadas y al final cada uno se quedará con los recursos básicos por los cuales estuvo dispuesto a pagar. A este nivel de abstracción podemos suponer además, que si alguien no estuviera satisfecho con la distribución final, podría replantear de nuevo la subasta hasta que no tuviera razones para envidiar los recursos de los demás. Esto incluye cambiar las reglas del mercado y la forma en que se agrupan los recursos.

 

En la posición final, sumamente abstracta, se satisface el llamado “test de la envidia”. Esto quiere decir que nadie prefiere el lote de recursos de ningún otro miembro de la sociedad respecto del suyo, en ese sentido, todos se encuentran satisfechos y se cumple lo que llamaremos el principio de la igualdad abstracta.

 

Obsérvese que cada quien se ve obligado a pagar por sus propias elecciones, por ejemplo, si prefiere el arte a la agricultura, tendrá que concluir la subasta con los recursos adecuados para ello, terminará garantizándose una educación artística a cambio de su renuncia a otros bienes como la tierra para cultivos. Por otro lado empujará, por medio de sus demandas, el precio de las obras de arte hacia arriba y el precio de la tierra hacia abajo, como reflejo del costo de su preferencia.

 

Hay que distinguir tal relación de otra similar que ocurre a gran escala. A nivel de la sociedad como un todo, suponiendo que los costos de producir los bienes en grandes cantidades sean decrecientes, las personas se beneficiarán de que haya otros que prefieran o necesiten lo mismo que ellos, puesto que esto estimulará la producción a gran escala y bajará los costos relativos. Así que entre más personas prefieran el arte, menor será el costo relativo de las obras de arte y por consiguiente habrá un beneficio colectivo para los que prefieren el arte. Los que tengan gustos extravagantes o raros tendrán que pagar el costo correspondiente, puesto que al no haber producción a gran escala de lo que prefieren, el costo será más alto, por ejemplo, si prefieren las joyas o el vino de primera calidad. Así que, generalmente hablando, quien tenga gustos especiales, costosos o raros, tendrá que pagar por ellos y requerirá de sacrificar en otros aspectos, por ejemplo, trabajando más o disminuyendo su dotación de otros bienes.

 

Una complicación importante del esquema, que no se puede pasar por alto, es el riesgo de las diferentes elecciones. Por ejemplo, una persona puede tener entre sus planes el ser un deportista exitoso, pero esa expectativa, probablemente, no se cumplirá en la realidad, tal vez le faltaron los atributos personales adecuados para ello o simplemente tuvo mala suerte en la competencia deportiva. O bien, alguien puede querer ser un gran matemático o artista, pero carecer del talento correspondiente. Por fin, alguien puede querer ser un productor agrícola o industrial exitoso, pero resulta que lo que eligió producir no es apetecido por el mercado, o peor aún, un accidente puede destruir su plantación o su fábrica.

 

Esto amenaza con destruir todo nuestro esquema, puesto que si las personas no logran alcanzar sus objetivos importantes en la vida, entonces se destruye la igualdad abstracta original. Aunque partamos de una gran igualdad al principio, con el tiempo, las buenas o afortunadas elecciones se confrontarán con las malas y desafortunadas, terminando en una gran desigualdad final.

 

Por ello requerimos de un completo sistema de seguros antes de la subasta. Sea por la causa que sea, por la posibilidad de eventualidades o accidentes, o porque una vez iniciada la competencia no todos pueden ser triunfadores, todos deben prever las contingencias que pueden afectar el modo de vida que eligieron. Suponemos, por consiguiente, que serán lo suficientemente previsores como para tomar en cuenta todas las posibles contingencias, o por lo menos las más significativas, de tal manera que todos tendrán acceso a seguros que podrán mitigar sus malas o desafortunadas decisiones.

 

Aquí se abrirá espacio también, por razones de conservar una igualdad básica, para compensar a los desafortunados en la lotería genética, esto es, aquellos que muestran discapacidades que no les permiten ser competitivos en diversas áreas.

 

Ahora bien, las personas ambiciosas requerirán de tener riqueza e ingresos suficientes para sentir que su vida tiene sentido y es satisfactoria. Esto no puede aplicarse para todos, pero tampoco se puede negar la oportunidad a los que se esfuercen por tener éxito. Tiene que haber un grado de desigualdad de riqueza e ingresos que se considere legítimo y suficiente para permitir que los más emprendedores y ambiciosos tengan posibilidades de alcanzar sus objetivos de vida.

 

Así que una vez terminada la subasta, cuando se abra el sistema para que evolucione según las capacidades, méritos, ambiciones y suerte de cada uno, tendremos un alejamiento de la igualdad abstracta original, que tiene que ser limitada de alguna forma para que nuestro esquema de igualdad abstracta no resulte destruido por el mercado. Para eso sirven los seguros, que si bien tal vez no serán suficientes para dejar a todos en paz y contentos con su riqueza y el cumplimiento de sus planes de vida, establecerán un piso suficiente para que cada quien no vea estropeada su vida por completo. Esta es una cuestión de equilibrios, porque un exceso de seguros tampoco es recomendable porque bloqueará la ambición y el mérito haciendo que el mundo sea más triste y gris.

 

5.1.2. Adaptación a las condiciones del mundo real.

 

Hay que aproximar las condiciones reales a las ideales de la subasta, puesto que esta última es la que representa nuestra idea de la igualdad abstracta originaria.

 

Si partimos de la realidad, por lo general habrá una desigualdad de ingreso y riqueza injustificada. Si tratáramos de acercarnos a la igualdad de recursos que nos sugiere la subasta, parece razonable que las compensaciones dejarían más satisfechos a los pobres y más insatisfechos a los ricos. Pero esto alcanzaría un límite en el cual la insatisfacción de los ricos dejaría de promover su ambición o deseo de competir y todo el sistema colapsaría. Así que los ajustes se tienen que hacer poco a poco, hasta alcanzar un límite que sea prácticamente viable.

 

La riqueza excesiva se podría considerar una desigualdad injustificada, a la manera de una adicción, y por ello cabría recomendar un sistema de compensación, es decir, de redistribución de la riqueza. Hay que aproximar el esquema de seguros con impuestos progresivos suficientes para las compensaciones. Sin duda habría que reducir las desigualdades de riqueza en forma significativa. El mercado puede seguir funcionando libremente en las áreas que no se generen muchas desigualdades.

 

Los impuestos en general, se utilizarán de manera análoga a los seguros de la subasta. Habría que garantizar una igualdad básica en diversos aspectos sustantivos, como la educación, la salud, el trabajo, áreas que seguramente cubrirían un espectro mucho más amplio que el habitual, puesto que corresponderían a todas las previsiones que se tienen que hacer para lograr que quienes tengan baja ambición, méritos insuficientes, desventajas genéticas, o mala suerte, reciban la compensación correspondiente al seguro que hubieran adquirido para protegerse de las contingencias en la subasta originaria.

 

Parece claro que, en la vida real, el sistema no podría llevarnos hasta un equivalente a la igualdad abstracta original, puesto que las compensaciones serían tantas que no alcanzarían para que todos materializaran sus objetivos de vida, sobre todo si son ambiciosos y diversos. Estaremos muy lejos de maximizar el bienestar colectivo. Así que las compensaciones tendrían que hacerse hasta el nivel que las posibilidades fácticas lo permitan, pero hay que tener claro que si las restricciones reales son muy grandes, tampoco se alcanzaría una igualdad básica suficiente y por tanto la justicia quedaría seriamente comprometida.

 

En cuanto al caso de los vicios o la adicción, incluida la adicción a la riqueza o a los bienes caros, siendo coherentes con el esquema, se podría defender que hay razones para compensarlas, esto es, habría que dar una compensación a quienes sufren por no poder alcanzar tales objetivos. No obstante, en la vida real, las necesidades más apremiantes no dejarían mucho lugar para este tipo de compensaciones, puesto que son moralmente objetables. Esto se ve claro si imaginamos un mundo en que convivan diversos tipos de compensaciones, de manera que algunos estarían a duras penas siendo compensados por sus pobrezas, mientras otros serían compensados por tener vicios. Se puede imaginar un paraíso que diera lugar a diferentes tipos de satisfacción, ya sea contemplativa o adictiva, pero para ello hay que esforzar mucho la imaginación y hacerlo contra un telón de fondo en que hubiera tal abundancia de recursos que el problema de escasez pudiera ser dejado de lado. En los mundos reales hay restricciones económicas y morales que no permiten que las compensaciones por adicción sean razonables, por lo cual es conveniente dejar las compensaciones por adicción fuera del esquema.

 

5.2. Relación de la igualdad de recursos con la libertad.

 

La prueba de la envidia se diseña contra el trasfondo de un sistema de libertades. Si el sistema de libertades supuesto es muy restrictivo, por ejemplo, impide que uno pueda usar sus propiedades libremente, especificando de forma muy concreta los usos que se pueden dar a cada propiedad, la subasta seguirá funcionando y superará el test de la envidia, pero con resultados finales muy diferentes en términos de libertad. Una persona podría terminar con grandes cantidades de tierra, pero ser incapaz de usarlas según le convenga, por ejemplo, sólo podría usarlas para construir parques o lugares de esparcimiento, por tanto, eso tendría consecuencias sustanciales al restringir la libertad.[2]

 

Entonces la prueba de la envidia no se construye para proteger la libertad sino para proteger la igualdad. Además la igualdad de la subasta se entiende en un sentido muy específico: significa que al final de la subasta todos tendrán el mismo costo de oportunidad, entendido como el valor a que otros renuncian por el hecho de que cada persona disponga de sus recursos.[3]

 

El problema que se plantea es, por consiguiente, cómo ligar un sistema de libertades básicas que sea razonable, con la igualdad entendida como lo hace la subasta. Si logramos establecer ese vínculo, tanto la igualdad como la libertad quedarán suficientemente protegidas.

 

El vínculo se encuentra precisamente en las razones por las cuales hemos elegido la subasta como la mejor representación del principio de igual consideración y respeto, y los demás principios fundamentales que hemos establecido de antemano en nuestra concepción justa de la sociedad. Por ello, se sigue que una subasta será más justa cuando ofrece elecciones distintas y resulta más sensible a los diversos planes y preferencias que tienen las personas.[4] 

 

Así que la subasta, en términos generales, es perfectamente compatible con la libertad, puesto que entre más usos tengan los recursos, mejor se podrán adecuar a los diversos planes de vida.

 

No obstante, esto tiene sus complicaciones puesto que la libertad no es igual al libertinaje y, sin embargo, según lo que hemos sostenido, una subasta más libre es mejor que una menos libre, así que sería mejor una subasta con el menor número de restricciones. Pero esto nos conduce a serias contradicciones que pondrían en riesgo las libertades de las minorías, sea por sus preferencias religiosas, sexuales, culturales o políticas.

 

A su vez, si queremos establecer restricciones que protejan a las minorías, la mayoría no podría imponer sus preferencias y también sufriría en el equilibrio final. La solución al conflicto consiste en equilibrar mutuamente los intereses de las mayorías y de las minorías, estableciendo un sistema de libertades de base que permita que la mayoría pueda imponer algunas cuestiones por su número, pero que al mismo tiempo, tenga que respetar los derechos de las minorías.[5]

 

Con esto no se maximiza el bienestar, puesto que las restricciones a la libertad provocan que las mayorías no puedan decidir el sistema que quieran y por consiguiente no podrán imponer su religión o moralidad a los demás, eso hace que sus vidas sean menos buenas de lo que serían en un sistema completamente libre. Pero lo que busca nuestro sistema de principios no es la maximización del bienestar, sino un equilibrio relativo que permita que convivan diferentes concepciones de la vida en un pluralismo razonable.

 

En suma, la prueba de la envidia se diseña para proteger la igualdad, pero dado que diferentes esquemas de libertades son compatibles con la igualdad, escogemos aquél sistema que nos dé un ámbito de libertades razonable, no el que nos dé la máxima libertad porque eso sería priorizar la libertad individual por sobre la igualdad. Así, escogemos el conjunto de libertades, contrapesadas o acotadas entre sí, que mejor coincida con nuestras intuiciones de lo que debe ser la libertad y que, al mismo tiempo, proteja la igualdad sustantiva. En algún momento debe haber un equilibrio entre la libertad y la igualdad, puesto que un exceso de igualdad también terminaría por destruir la libertad.

 

La solución de equilibrio puede ser criticada, a su vez, porque nos deja con un esquema que no define con claridad un resultado final, dejando indeterminado el nivel en que tenemos que proteger a las minorías del abuso, y también el nivel en que es legítimo o justo dar paso a los abusos de la mayoría. Para algunos esto resulta decepcionante, puesto que nos deja con una solución indeterminada, especialmente en cuanto a cuál es el nivel de desigualdad legítimo.

 

5.3. La igualdad, las libertades y la subasta.

 

Así que hemos logrado, por lo menos a un nivel teórico y general, relacionar las igualdades y las libertades dentro de un esquema de subasta que soporta los principios fundamentales de la justicia imparcial y razonable. Al mismo tiempo, quedan protegidas las libertades básicas y la igualdad material protectora de las oportunidades a que todo ciudadano tiene derecho. No obstante, requerimos elementos adicionales para aclarar lo que significa una solución de equilibrio entre la igualdad y la libertad.

 

Es razonable afirmar que la definición del equilibrio sólo se puede hacer si entendemos mejor lo que significa la igualdad y la libertad. Hemos discutido suficientemente lo que entendemos por igualdad, tomando partido por la igualdad originaria de recursos. Ahora bien, el discutir a profundidad el concepto de libertad nos involucraría en cuestiones complejas e indeterminadas que no corresponde tratar aquí. Así que tal vez el mejor camino para continuar nuestra discusión es entender un poco mejor lo que se entiende por libertad dentro de una teoría liberal defendible en el contexto del pluralismo que se supone existe en las sociedades contemporáneas.

 

El punto de vista liberal, de acuerdo a Rodolfo Vázquez, sostiene que:

 

…los ideales de excelencia humana que integran el sistema moral que cada individuo profesa no deben ser impuestos por el Estado, sino que deben quedar librados a la elección personal y, en todo caso, ser materia de discusión en el contexto social.[6]

 

Esto nos ayuda en dos sentidos. Primero, la igualdad de recursos enlaza bien con este modelo liberal porque apoya las subastas más libres respecto a las menos libres. Segundo, establece un criterio para dirimir las disputas típicas del conflicto entre mayorías y minorías, esto es, la discusión en el contexto social, por oposición a la imposición del Estado o la presunción, muchas veces falsa, de que la mayoría siempre tiene la razón.

 

A esto se agrega el principio de dignidad, de origen kantiano, de acuerdo con el cual:

 

…no pueden imponerse privaciones de bienes de manera injustificada, ni que una persona pueda ser utilizada como instrumento para la satisfacción de los deseos de otra.[7]

 

Lo que cancela prácticamente cualquier versión utilitarista o maximizadora del bienestar, así como las versiones comunitaristas, nacionalistas o populistas de la sociedad, que suponen que el bien común, entendido como la búsqueda de objetivos sociales específicos, puede imponerse por sobre los deseos de las personas. Esto aclara mejor en qué sentido podemos limitar la regla de mayoría en la solución de conflictos. Lo que nos lleva a una concepción más o menos concreta de la igualdad en este contexto:

 

Se requiere, por tanto, de un principio cuya directiva implique el trato igual a las personas, o su trato diferenciado si existen diferencias relevantes, y la seguridad de una participación equitativa en los recursos o bienes disponibles.[8]

 

Esto es, la misma coherencia del enfoque exige la eliminación de todo tipo de discriminación injustificada, como aquellas basadas en el sexo, raza o condición social, así como asegurar los derechos básicos de las personas a través de la igualdad material en el acceso a los recursos más necesarios para la vida.

 

Así que se sugiere que un sistema de libertades es útil contra el trasfondo de la igualdad de oportunidades entendida en términos de recursos, tal como lo ejemplifica la subasta de Dworkin. En un liberalismo auténticamente social, la libertad y la igualdad van de la mano, son como las dos caras de una misma moneda.[9] Esto significa, en términos prácticos, que de poco sirven nuestras preciadas libertades si no van acompañadas de una igualdad sustancial, que permita que las oportunidades para el desarrollo de los diversos proyectos de vida tengan posibilidades reales de materializarse, al mismo tiempo que cancela los abusos en la utilización del poder económico y político en contra de los individuos o grupos minoritarios o discriminados.

 

Hay que aclarar que, si bien esta perspectiva parece ajustarse a lo razonable, no significa que el equilibrio entre las libertades y las igualdades configure un mundo utópico o feliz. Habrá proyectos de vida que no puedan materializarse porque exigirían un sacrificio desmedido de parte de los demás. Los costos económicos y políticos de las elecciones de los ciudadanos deben ser tomados en cuenta y eso limita los alcances del modelo liberal. A su vez, la igualdad sustantiva también está sometida a las posibilidades fácticas. De la misma manera que un presupuesto público no puede satisfacer todas las necesidades, la igualdad básica tampoco puede estirarse hasta cancelar todas las desigualdades. Esto es lo más que podemos esperar de una teoría liberal razonable.

 

6. Decisiones sustantivas y decisiones cotidianas.

 

Otro elemento prometedor para llevar a la práctica la idea de lo razonable sería distinguir entre decisiones sustantivas y decisiones cotidianas.

 

Las decisiones sustantivas son las que se aplican a los principios más fundamentales o estructurales de la sociedad. Dada su importancia, requieren de un análisis más escrupuloso para asegurarse de que serán útiles al funcionamiento de la sociedad, respetando el principio del daño, esto es, sin provocar daños sustanciales sobre algunos grupos sociales o incluso sobre ciudadanos individuales en los que eventualmente recaerían los costos de la decisión. Se pueden reflejar en enmiendas constitucionales, reformas estructurales al sistema económico y político, o decisiones de comités expertos sobre algún tema con apoyo de juristas. Aquí el ciudadano se encuentra protegido por la calidad de las decisiones, no por su participación directa en ellas.

 

Las decisiones cotidianas, por el contrario, son aquellas que se aplican a cuestiones que no son tan fundamentales, sino que se encuentran dentro del entorno de lo que se considera que es razonable discutir. Como siempre, cuanto más se discuta y mejores argumentos imparciales se utilicen, tanto más justa será la decisión, pero dentro de un entorno en que las decisiones sustantivas ya han sido tomadas, las decisiones cotidianas pueden quedar más o menos libres del principio del daño y por tanto ser consideradas convencionalmente justas. En su caso, por ejemplo, sería válido que la mayoría tomara la decisión sin tener que preocuparse mucho por los efectos sobre las minorías, puesto que por hipótesis las minorías ya se encuentran protegidas gracias a la existencia de un entorno razonable y justo especificado por las decisiones sustantivas. En todo caso, dicha afirmación depende de la relación entre las decisiones cotidianas y las sustantivas, por ejemplo, si una decisión cotidiana compromete la libertad de expresión o el principio de igualdad, ya no puede ser considerada de forma independiente y, por tanto, no debería ser dejada sólo en las manos de la mayoría.

 

Típicamente, en las cuestiones sustantivas entrarían los valores básicos razonables de la sociedad a través de los principios de justicia acordados, los que permitirían establecer el equilibrio entre las mayorías y las minorías, o entre la libertad y la igualdad, que no podía especificar el esquema de la subasta.

 

En las cuestiones cotidianas funcionan mejor los esquemas de votación y se pueden imponer las mayorías con fines de que la sociedad tenga una suficiente capacidad decisoria a corto plazo. Además, las decisiones cotidianas controvertidas podrían ser posteriormente revisables, si así se considera pertinente, para adecuarlas a las decisiones sustantivas. Por fin, en todo caso, la decisión será siempre más justa conforme más tiempo y esfuerzos se dediquen a ella, por lo cual, la posibilidad de aplicar una discusión razonable nunca saldrá sobrando, ya sea que se trate de una discusión sustantiva o una discusión cotidiana.



[1] Dworkin, Ronald. Virtud soberana: La teoría y la práctica de la igualdad. Paidós, Barcelona, 2003, capítulos 2 y 3.

[2] Dworkin, Ronald, op. cit., p. 161.

[3] Ibidem, p. 165.

[4] Ibidem, p. 167.

[5] Ibidem, p. 169.

[6] Vázquez, Rodolfo. Liberalismo y autonomía individual. En Herrán, Eric (coord.), Filosofía política contemporánea, UNAM, México, 2004, p. 53.

[7] Ibidem, p. 55.

[8] Ibidem, p. 56.

[9] Habitualmente se sostiene que la libertad y la igualdad son contradictorias. Esto es cierto en términos generales, de hecho, así se distingue al liberalismo del socialismo. Pero el liberalismo social, tal como es entendido aquí, permite equilibrar la igualdad con la libertad, haciéndolas compatibles entre sí.

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